viernes, 11 de marzo de 2016

Confesiones de una chica que soñó con haber acuñado el término afterpop

En cuanto a lo que respecta a mí, yo opté por dejar de confesarme a apostatar. Formalizar cualquier cosa requiere demasiado tiempo y esfuerzo como para dedicar el escaso tiempo de ocio del que disponemos en perderlo tratando de cumplimentar absurdos formularios online u offline. Por no mencionar el hecho de que apostatar podría en el futuro resultar contraproducente a una chica que lejos de mostrarse en todo momento como una de esas tías duras con ideales firmes e inamovibles no tiene ningún reparo en definirse como voluble. Una tía que llegado el momento podría desear incluso contraer matrimonio por la iglesia, matrimonio canónico, no civil. Después de todo, llegué a ser bautizada, a participar no como mera observadora en el sacramento de la Eucaristía. A rezar arrodillada ante mi cama. Tan lejos como estaba por aquel entonces de esa persona que únicamente se arrodilla ante sus ocasionales amantes. De esa persona que no necesitaría darle muchas vueltas a la cabeza, reflexionar detenidamente sobre esta aparentemente intrascendente cuestión para llegar a la conclusión de que bastaba con convertirse en una persona adulta para llegar a percatarse de que contrariamente a lo que esperaba cuando no era más que una niña tonta y, probablemente cursi, encontraría el placer en una actividad supuestamente tan despreciable como degradarse. No es plato de buen gusto para una chica tan sensible como yo recordar que en cierta forma reemplacé a Dios por un pobre diablo, pero lo cierto es que dejé de arrodillarme ante el ser supremo para arrodillarme ante un pobre desgraciado, ante cualquier pobre diablo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario